‘Mank’, Fincher revive la leyenda detrás de ‘Citizen Kane’

[Disponible en Netflix]

No encuentro fácil hablar acerca de Mank, no porque sea una película compleja, sino porque no estoy seguro de lo que David Fincher quiso hacer. Muy alejado de su estilo habitual, Fincher navega la vida del guionista Herman Mankiewicz en varios tiempos, uno de los cuales permanece como el «actual», mientras escribe el guion de lo que luego fue Citizen Kane, considerada una de las películas más grandes de la historia del cine. Sobre aquel título ya se dijo todo lo que se puede decir, y más todavía sobre la controversia con respecto a la autoría del libreto de la obra, lo que explotó en 1971 cuando la renombrada crítica Pauline Kael escribió un ensayo de 50.000 palabras defendiendo a Mankiewicz como el autor absoluto del guion. Desde entonces, otros historiadores y críticos salieron a la defensa de Orson Welles como el autor indiscutible del épico drama de 1941, aunque el tema pasó a ser leyenda. Entra Fincher en escena, aprovechando el pase libre de Netflix para contar una historia que toma un bando claro, casi dejando a Welles de lado, y permitiendo que el guion, firmado por su padre, Jack Fincher, cobre vida.

Al frente de la crónica está Gary Oldman como el autor, y la película empieza poniéndolo en un lugar desafortunado, luego de un accidente que lo llevó a estar en cama durante varios meses. Fue en ese tiempo que el guionista empezó a escribir Citizen Kane, esquivando la presión de Welles de terminarlo en sesenta días, encariñándose con el cuidado de Rita Alexander (Lily Collins), e inspirándose en sus vivencias personales junto con la estrella opacada Marion Davies (Amanda Seyfried) y su auspiciante, el magnate William Randolph Hearst (Charles Dance), que luego habría hecho de todo para que la película fuera un fracaso. Como en toda clásica historia de escritores frustrados, el alcohol tiene tanta presencia en pantalla como el propio protagonista, porque es un elemento que lo acompaña en todo momento, extrayendo lo mejor y lo peor de su persona. Como nos tiene acostumbrados, Oldman acierta en todas las facetas de Mankiewicz, tanto como un escritor que no encuentra su iluminación, como aquel que alguna vez fue, cuando Hollywood se dibujaba a sus pies como un sueño.

Muchas cosas se pueden decir de Mank, pero algo que sería un error es llamarla una «carta de amor al Hollywood de los años 30 y 40», ya que la visión que Fincher presenta es la que se esconde detrás de la fachada. Las infructíferas reuniones entre escritores; las conversaciones cínicas entre las filmaciones; las ideas truncadas por ejecutivos incapaces de tomar riesgos; las amenazas, los despidos, y las discusiones alejadas totalmente de la imagen de ensueño vendida bajo la sombra del cartel de «Hollywoodland». Ciertamente, no es una película feliz, pero gracias al ojo de Fincher y el equipo (Erik Messerschmidt en fotografía, Donald Graham Burt en diseño de producción), es un deleite que entretiene y se disfruta como un vistazo más que llamativo a un período específico de la historia del cine. Es también un genial acompañamiento al filme RKO 281 (HBO, 1998), ya que este deposita mayor autoría y crédito sobre la figura de Welles.

El tono juguetón de Mank está acentuado por la banda sonora de Trent Reznor y Atticus Ross, también alejados de sus trabajos más típicos, así como el montaje de Kirk Baxter, que presenta los flashbacks como segmentos de un guion, invitando a ser testigos de momentos importantes en la historia de Hollywood y la experiencia de Mankiewicz. Este ve cómo la industria muestra su peor cara, involucrándose al máximo en cuestiones políticas que no escapan de su responsabilidad, y llevándolo a perder paulatinamente el control sobre sí mismo. En ese sentido es interesante analizar (y comparar) con el Hollywood de hoy día, quizás interpretando la visión de Fincher como una crítica a una industria que no parece haber cambiado mucho en más de setenta años. Especialmente mordaces son los diálogos entre altas figuras, tales como Louis B. Mayer (Arliss Howard) y David O. Selznick (Toby Leonard Moore), que exponen el rostro menos afable de la meca del cine.

Lo que quizás frena a la película de ser una obra excepcional es que la figura de Mankiewicz es la única realmente desarrollada, mientras que los demás personajes solamente se pasean alrededor suyo. Además, los saltos en el tiempo, aunque conquistan por una atención al detalle encomiable en cuanto a producción (es un verdadero placer recorrer los pasillos y escenarios hollywoodenses de los años 30), difuminan un poco el foco. Se siente como si Oldman fuera un presentador de un documental-ficción sobre la época, y no tanto una historia sobre los sucesos que cambiaron la mentalidad de un escritor, y que llevaron a que escribiera una de las obras más importantes del cine. De igual manera, entre la fotografía bicromática y la ambientación general, además de las interpretaciones, Mank es una belleza histórica que se suma como adenda a una película que sigue manteniéndose en la cúspide del séptimo arte ochenta años después de su estreno.

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Editor en Jefe y Crítico de Cine. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society. Miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix. Jurado Festival Internacional de Cine de Mar del Plata 2018.

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