‘Spencer’, los infaustos fantasmas de las fiestas pasadas

Norfolk, 1991. Militares arriban con carga preciosa a la solitaria Casa Real de Sandringham. Uno a uno, los miembros de la familia real de Gran Bretaña arriban a la residencia, como todos los años, acostumbrados a la glacial bienvenida que les ofrece el aislado campo en el este de Inglaterra, para celebrar las fiestas. Los cocineros marchan a su campo de batalla, listos para deleitar a los paladares más exquisitos de la nación. La calma antes de la tormenta. Y, entonces, llega ella. Con porte elegante, fino, de quién sabe que van a observarla durante cada segundo de cada día. La princesa Diana de Gales conoce el juego y conoce las reglas. Pero este año, algo se siente distinto.

Pablo Larraín vuelve a introducirnos en la intimidad psicológica y emocional de un indiscutible ícono femenino del siglo XX, como ya lo había hecho en la melancólica Jackie (2016). Pero mientras que en aquel filme discurrían perístasis como el duelo y el legado en la historia estadounidense, en Spencer nos encontramos con temas muy distintos: la identidad familiar, la maternidad y las tribulaciones de una mujer cuyo sufrimiento en el seno de la familia real más célebre del mundo la convirtió en una de las figuras más reconocidas y admiradas de la historia contemporánea.

No estamos frente a una biopic tradicional, porque es claro que a Larraín y al guionista Steven Knight no les interesa presentar a la audiencia una historia que ya conocen. Spencer es un drama psicológico que nos induce a la ansiedad, el agobio y la voluntad que Diana (Kristen Stewart) sintió en los momentos más drásticos de su vida, cuando su matrimonio con el príncipe Carlos (Jack Farthing) colapsaba, al mismo tiempo que en su mente se libraba una batalla sobre el llamado del deber y los lamentos del corazón. Rodeada de confidentes, manipuladores e insidiosos, la mente de Diana navega por los precipicios de la locura y la desesperación, mientras intenta convertirse en las únicas cosas que en realidad quiere ser: una buena madre y un digno heraldo del apellido Spencer.

Muy lejos ya de los blockbusters que la hicieron famosa, Stewart hace alarde de sus magníficos dotes actorales que, más allá del virtuosismo con que se atribuye el tour de force en que se basa su interpretación, nos presenta a un personaje que converge de manera genuina con la fantasmagórica estética, cortesía de la fotografía de Claire Mathon y la banda sonora de Jonny Greenwood. Farthing, al igual que otros actores de reparto como Sally Hawkins y Timothy Spall, aportan su enorme talento en pequeños pero significativos roles que armonizan con la faena de Stewart.

Durante el film, los fantasmas del pasado regresan para atormentar a Diana, como impresentables invitados que habitan en las paredes, y que son testigos mudos de los pecados y las virtudes de una dinastía que hoy en día no logra escapar de la sombra del trágico desenlace de la querida princesa de Gales. Una princesa que, pese a que perteneció a la familia real, nunca estuvo destinada a ser reina, pues sabía que, para ella, había cosas más importantes en la vida que un trono y una corona. Spencer es una obra de arte cinematográfica en su sentido más técnico, pero en el centro, es un conmovedor homenaje a quien en vida fuera la princesa del pueblo, y cuyo legado sigue viviendo hasta nuestros días.

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Guionista y crítico de cine. Amante del cine alternativo.

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