‘Todas las canciones hablan de mí’, condenado a no olvidar y seguir amando

Si hay algo más difícil que amar, es dejar de amar. Ese es el tema principal de la obra prima de Jonás Trueba titulada Todas las canciones hablan de mí.

Ramiro Lastra es un joven que ha terminado una relación amorosa de seis años con Andrea. Él lleva una vida apesadumbrada por el duelo de haber terminado con quien él sabe que es el amor de su vida. Ramiro acude a su grupo de amigos, integrado por un pintoresco muchacho con una perspectiva light de la vida pero con corazón de niño, una argentina inmigrante que resalta por su papel jovial y a la vez prudente, entre algunos otros quienes le harán compañía en este proceso tan cotidiano como es el dejar de amar.

Siete capítulos dividen esta historia, entre las cuales sobresale poderosamente “la paradoja matemática de la nostalgia” como uno de sus momentos cumbres, haciendo referencia a un libro de Milan Kundera. Y es que a veces sí, es que todo lo que leemos, todo lo que escuchamos parece remontarnos a nuestra relación, a lo que nos está pasando ahora mismo, a ese amor que está moribundo en nuestro corazón pero que, inconsciente, lucha por sobrevivir.

Este filme no es una típica comedia romántica sino una película sobre desamor (¿y amor?) planteada inteligentemente. Las metáforas muy bien encajadas, con la omnipresencia de Andrea en la mente de Ramiro y los textos entresacados de libros en manera de monólogos deleitan al espectador como si estuviese viendo el proceso mismo de la pareja desintegrarse, reconstruirse y volver a estar en ese tira y afloje que caracteriza a las relaciones humanas. Tiene momentos tan espléndidos que hacen a uno exclamar “¡Eso me pasó a mí!”, “¿por qué todas son así?”, o tímidamente, en nuestro interior, afirmar que somos igual de patéticos que el protagonista.

Muchas veces tenemos un conocido que tiene una relación que decimos es “enfermiza” pues está repleta de pleitos y no termina nunca. Otras, somos nosotros los que estamos diciendo que no podemos aguantar más, que no vamos a permitir que la otra persona piense que siempre estamos para él o ella, pero nos rendimos ante el llamado del amado u amada y acudimos con prisa a su encuentro. En ese momento en el que uno mismo no se entiende ni entiende al otro, es común caer en una pendiente que no lleva a ningún lado, y como dice una bella canción del soundtrack los días pasan y todo es igual “día uno en pie no he de pensar  y es día dos, Alprazolam, comienzo a hablar y no me hago entender y llega el día tres, lo vuelvo a estropear”.

Esta película nos da una cara real de las relaciones, que no siempre tienen por qué vivir felices para siempre ni tampoco deben terminar definitivamente. Existe un estado en el medio, en el que uno más ama, en el que uno espera que no sea demasiado tarde y empieza a valorar lo que está por salirse de sus manos. Y se ama sin querer amar, y se intenta olvidar sin conseguirlo, y uno quiere quedar como amigos pero es imposible no besarse, y después de besarse hacer el amor, y después de eso arrepentirse porque uno no es firme en sus decisiones. Y las canciones, que antes jamás escucharíamos, ahora las escuchamos y sentimos que hablan de nosotros. Y todo nos recuerda a la persona amada, y no podemos (ni queremos) empezar de nuevo. Y volvemos a escribir poesía, y soñamos publicarla, y luchamos porque pensamos que no somos suficientes y que por eso no merecemos amar. Para la gente que alguna vez vivió esto, este filme es ideal. Que lo disfruten.

Acerca de Bruno A. Comas 31 Articles
Estudio Artes Audiovisuales en la UNA (BsAs), investigo el video y la performance a través de Vena Rota. Escribo guiones, cuentos y textos inclasificables.

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