‘The Hateful Eight’, perros de reserva en un frío western

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The Hateful Eight es la suma de todas las películas de Quentin Tarantino, incluyendo sus falencias. No creo que nadie le pueda negar el virtuosismo, pero a esta altura necesita que alguien le detenga y le pida que repiense algunos de sus fetiches cinematográficos que solamente funcionan por morbo, y no por valor inherente, como esas conversaciones que fascinan al principio, pero van más allá de los límites, y cuando pasa a la siguiente escena, uno ya no recuerda cómo había empezado. Es bastante apropiado que ahora esté pensando en trasladar su más reciente película a una obra de teatro, ya que sus diálogos parecen construidos con ese pensamiento, pero en el cine se sienten largas sin razón, algo que ya había ocurrido con Django Unchained.

Empiezo con una nota negativa porque creo que es el único obstáculo que impide que The Hateful Eight se acerque a ser una grandiosa obra. Su nuevo espectáculo de diálogos y gore es una travesía que arranca magistralmente con la mano maestra de Ennio Morricone en uno de sus mejores trabajos, afirmando que la edad no impide para nada al talento. La obertura misma es un indicio de la majestuosidad contigua, y es difícil imaginar semejante película con una banda sonora diferente. Se siente maravilloso y da ganas de que más películas vuelvan a los clásicos créditos iniciales que eran tan populares en la mitad del siglo pasado, en especial en los westerns.

En esta película, Tarantino presta más de sí mismo que de otros clásicos como es costumbre con sus guiones. Hay un montón de extraños en una locación cerrada durante un tiempo indeterminado, al igual que en Reservoir Dogs; los diálogos son lo más parecido a Pulp Fiction, en el sentido en que son realmente buenos estableciendo a los personajes mediante conversaciones triviales, que pueden o no aportar a la trama, pero funcionan para entenderlos un poco mejor. Sí vuelvo a lamentar que sean más extendidos de lo necesario, y no critico la verosimilitud de la situación, sino la necesidad. De cualquier manera, las resoluciones suelen ser satisfactorias, ya sea que termine en sangre o no.

La película arranca con John “El Verdugo” Ruth (Kurt Russell) llevando a una criminal de nombre Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) a Red Rock, donde la justicia se hará cargo de ella. Sin embargo, en el camino aparecerá Marquis Warren (Samuel L. Jackson), un exesclavo convertido cazarecompensas que pedirá ayuda para alejarse de la tormenta de nieve que se acerca vertiginosamente. Posteriormente, se unirá a la diligencia el nuevo alguacil de Red Rock, Chris Mannix (Walton Goggins), o eso dice él, lo que nadie en la carreta cree. La tormenta los obligará a todos a refugiarse en un lugar llamado la Mercería de Minnie, donde aguardarán otros individuos.

Ellos son Oswaldo Mobray (Tim Roth), Bob (Demián Bichir), Joe Gage (Michael Madsen), y Sandi Smithers (Bruce Dern), un exgeneral de la Confederación. Al ingresar, la sospecha de John Ruth lo llevará a interrogar a los presentes, preparándose para lo peor, ya que Daisy es una criminal de alto calibre y seguramente alguien habrá conspirado con ella por su liberación.    Esta situación generará tensión entre los presentes, que lentamente irán mostrando su verdadera cara en enfrentamientos verbales y de gatillo, los cuales pondrán en marcha una de las películas más elaboradas de Tarantino en cuanto a la estructura del guion, que presenta sus típicos giros con soberbia, sin culpa alguna en cuanto a las sorpresas, y con esa mezcla de humor negro, acción, y violencia gráfica que es lo mínimo que cabe esperar.

Todos están geniales en el desarrollo, pero es acertado que todo empiece con Russell y Jason Leigh, ambos increíbles en sus respectivos roles, en especial la única mujer de este grupo, cuya maldad extrema se sugiere en contadas ocasiones y no se ostenta mediante acción propia, sino a través de una caracterización aguda, que justifica que el personaje de Ruth subraye en la importancia de llevarla viva para ser colgada. Ella le insufla de suficiente demencia al personaje como para creerle la locura sin que sea necesario que lo demuestre, y en un guion donde se habla demasiado, ella es la que dice menos con palabras y más con su mirada, y eso solo se le puede atribuir a la entrega total de la actriz. Los demás están ahí cerca, aunque Jackson ya se interpreta a sí mismo, al menos en las de Tarantino. Sin embargo, su personaje presenta una complejidad moral que hace que sea mucho más interesante conocer su historia, y cómo esta desencadena en la primera muerte de la película, algo que se siente merecido.

La película se toma su dulce tiempo en llegar a lo que muchos quieren, pero cuando lo hace, ya permanece en ese estado latente de intriga y peligro que el director sabe filmar, y que no palidece para nada, en especial con Ennio Morricone poniéndole su firma a las mejores escenas y los momentos más intensos. Son casi tres horas de un Tarantino firme como una estatua sobre sus propias convenciones, entregando un producto que realmente no existe en el cine actual, y que nadie más se anima a hacer, por lo que su mera existencia es garantía de osadía e indiferencia a las reglas más ordinarias de lo políticamente correcto. Si bien estoy convencido de que la película podría durar media hora menos con el mismo resultado, una obra suya de tres horas con una calificación para adultos es un regalo maravilloso que el cine no puede ignorar.

Acerca de Emmanuel Báez 2280 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz, primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, columnista en @amilkmdelmar, hablando de películas en todos lados.

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