‘Rocky’, una victoria desde el corazón

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Hay tres escenas de Rocky que creo que son el máximo ejemplo de gran cine contenido en unos pocos segundos. Primero, cuando Mickey visita a Rocky, intentando convencerlo de que debe ser su entrenador, a pesar de que ambos tuvieron un enfrentamiento de egos previamente. Luego de la emotiva descarga de los dos, en especial de Rocky, el director John G. Avildsen recurre a un plano general para la partida de Mickey. En ese mismo plano, Rocky sale de su casa y va tras él, y ambos mantienen una breve conversación inaudible debido a la distancia. La reconciliación es obvia minutos atrás, y es maravilloso que estos dos protagonistas se hayan ganado esa privacidad, lejos de la cámara, con un abrazo y un apretón de manos.

Luego está la escena en donde le ofrecen a Rocky la pelea contra Apollo Creed. El promotor de la pelea lo sienta en una silla frente a su escritorio y le habla de la increíble oportunidad. Sylvester Stallone, sentado frente a Thayer David, conjuga pavor y asombro cuando recibe la noticia, y en un primer plano breve pero efectivo, comunica más emociones que con todos los golpes que da durante toda la saga. Stallone está genial en esa escena, como pocas veces en toda su carrera posterior, probablemente porque es bien sabido que la historia de Rocky es la de él mismo, intentando formar una carrera en Hollywood, pero con miedo al fracaso. La historia del cine dio su veredicto años después y esta sigue siendo una de las películas más importantes jamás realizadas.

La tercera escena que más disfruto en cada visionado es la última de la película, segundos después del final de la gran pelea. Mientras el público está conmocionado por el resultado, que pone a Apollo como el ganador luego de 15 rounds intensos que marcaron un hito en la historia del boxeo, Rocky empieza a llamar a Adrian, quien todo el tiempo estuvo tras bastidores sin ver exactamente cómo transcurría el enfrentamiento. El grito de “Adrian!” es considerado una de las líneas de diálogos más memorables del cine, no solamente por el peso emocional de la escena, de un Rocky vapuleado que busca el confort de su mujer, sino porque el barullo no permite para nada escuchar los vítores por la victoria de Apollo. El verdadero triunfo está en cómo un desconocido y marginado como Rocky pudo aguantar tanto, a pesar de las probabilidades. Es tan satisfactorio que es difícil no emocionarse hasta ese último plano congelado.

La historia de Rocky ya no era novedosa cuando se estrenó en 1976, pero estaba formada por elementos tan admirables que el público respondió de una forma increíble. También está el sólido guion, firmado por el mismo Stallone, que inyectó a la narrativa sus propias frustraciones, otorgándole una naturalidad que hace que la historia sea íntima, casi biográfica, y bastante emotiva. Fue una de las pocas veces que el actor se veía tan sencillo, antes de que Hollywood le abriera los brazos por el éxito conseguido. Irónicamente, cuando uno habla de Stallone a alguien que no conoce bien su historial, piensa que es uno de los íconos del género de acción, cuando en realidad su gran triunfo se dio con esta historia tan humana como la de cualquiera intentando hacerse camino en una industria de cínicos.

En el fondo, es la historia de un luchador de la vida. Rocky trabaja para un prestamista, intimidando a quienes le deben dinero, y en sus ratos libres, practica boxeo. Es bueno en el deporte, aunque su mejor momento ya parece haber quedado atrás, lo que le provoca más temor cuando se le presenta la oportunidad de pelear contra el campeón actual. Carl Weathers es igualmente genial en el rol de Creed, y la química entre ambos es palpable, lo que hace que la evolución de su relación se sienta genuina con el pasar de las películas, hasta ese trágico desenlace en la cuarta entrega, que sin ser la más interesante de las seis, se convirtió en la más taquillera.

También está el romance entre el héroe y Adrian, interpretada por Talia Shire, que atribuye gran parte de su interpretación introvertida a que durante la filmación padecía de una gripe incesante. De cualquier manera, el vínculo entre los dos es tierno porque revela el lado más afable de Rocky, que ostenta un carácter duro, pero en realidad es dulce y suave, buscando su propio camino y alguien que lo acompañe durante sus victorias y sus fracasos. Eventualmente, Adrian se abre y lo deja entrar, y su presencia será esencial para el futuro del boxeador, que necesitaba ese extra de confianza y seguridad para poder entrar al cuadrilátero, y para convertirse en uno de los íconos más grandes del cine.

‘Rocky II’, la revancha más comentada

Acerca de Emmanuel Báez 2280 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz, primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, columnista en @amilkmdelmar, hablando de películas en todos lados.

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