‘La Última Tierra’, contemplando la vida y la muerte

En el cine se puede hablar de la muerte de muchas formas. Es un tema tan sencillo y complejo a la vez, que permite una exploración amplia en la que múltiples puntos de vista pueden ser completamente válidos. Se puede hablar de la muerte usando numerosos recursos, o se puede abordar el tema en unos cuarenta planos en total, como lo hace Pablo Lamar en su ópera prima, La Última Tierra, un ejercicio de cine de autor que demanda un compromiso elevado por parte del espectador, pero recompensa con una belleza inusitada que cala profundo si uno está dispuesto a dejarse llevar por la propuesta.

El escenario es la silueta de un hombre adulto con un plato en la mano, aparentemente comiendo de forma parsimoniosa, desafiando al tiempo y la paciencia. No pasa mucho hasta que se comprende que no está solo, ya que está dando de comer a una mujer anciana, masticando primero la comida, como si de una mamá pájaro se tratara. Esta es la imagen del final de la vida en su expresión más cruda e incómoda, pero realista, con un plano estático ubicado debajo de una mujer postrada en la cama, con la mirada clavada en el techo de forma ineludible, casi apagada, percibiéndosele el ocaso en el brillo de los ojos.

Poco después, la misma mujer se encuentra completamente inmóvil, mientras ascienden de forma paulatina el canto de las aves y el ruido de la naturaleza, que abrazan de manera sobrecogedora el arribo de la muerte. Los mismos sonidos acompañan después el ritual del duelo, mientras el hombre anciano deambula por su tierra, y se dispone a despedirse apropiadamente de la mujer que le habrá acompañado incontables años, detalle que no importa realmente ya que no estamos hablando acerca del retrato de una pareja, sino de un hombre lidiando con una experiencia indescriptible, como lo es enfrentar a la muerte, así como el silencio y la soledad que le siguen.

Lamar encuentra la belleza en este proceso, contemplando con serenidad cada escenario, varios de los cuales pueden revelar muchas cosas para quien se preste a observar más allá de la superficie. Hay un encanto inmaculado en algunas imágenes, que bien pueden decir mucho acerca de la vida y la muerte, omnipresentes tanto en un pedazo de tierra como en una mirada que esconde muchas historias. Sin embargo, algunos momentos pueden dar a entender que el realizador quizás no estaba del todo convencido de su propia puesta. Cuando la obra ya dejó claro que se trata de una experiencia única dibujada con planos estáticos, aparecen movimientos innecesarios que desvirtúan un poco la belleza alcanzada. El trabajo de sonido, por otro lado, es perfecto desde el primer hasta el último segundo.

La película cuenta con los actores Ramón del Río y Vera Valdez, aunque el ojo sigue de cerca el dolor del marido, que ahora se encuentra solo con sus pensamientos, algo que tal vez no había experimentado antes de forma tan contundente. Sus ojos expresan demasiado. El foco y la duración de los cuadros hacen que uno considere detalles de su rostro que no provocarían sensaciones de otra forma. La cámara no se mueve y, sin embargo, se siente el movimiento constante de la vida en su semblante. Sin diálogos. Sin explicaciones. Solamente el canto de la naturaleza que es vida en sí misma, y continúa incesante más allá de la muerte.

Acerca de Emmanuel Báez 2384 Articles

Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz, primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, columnista en @amilkmdelmar, hablando de películas en todos lados.

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