‘Frozen: Una Aventura Congelada’, una perfecta calidez en medio del frío

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Tengo la esperanza de que en los siguientes años, el caso de Frozen no solamente sea recordado porque terminó siendo una película magnífica, sino porque al principio cuando Disney comenzó a promocionarla, parecía una película de animación con diálogos que iban a rayar lo infantil y genérico. Pero después llegaron los avances que aseguraban que se trataba del evento más grande de la compañía desde El Rey León, y eso hizo que la mayoría más uno levantara las cejas en señal de sospecha. Yo creí que era algo bastante arriesgado, pero acá estoy, habiéndola visto, y solo puedo decir que se trata de la película de Disney más emocionante desde El Rey León.

Frozen arranca con un cántico que ya recuerda a aquel logro mayor del sello, y es evidente que es eso exactamente lo que quieren que pensemos. El estilo es distinto, obviamente, y también tiene un aire hindú, pero es tan reminiscente que es imposible no pensar por un momento en toda la historia de Simba para luego comparar. La aventura de las hermanas Elsa y Anna es también una que cambiará la historia de un reino para siempre, pero los tiempos son distintos y las nuevas reglas hacen de esta odisea una joya para la nueva generación, con piezas musicales dignas de ser cantadas una y otra vez y una historia de amor y valentía que se merece cada uno de sus logros.

La trama sigue a Anna intentando recuperar lazos con su hermana Elsa tras toda una infancia separadas por la tragedia y el misterio. Hay un montaje inicial donde se establece la base de una historia cuidada detalladamente para que no se aleje de las convenciones de Disney a pesar de las reinvenciones, preparando el terreno para una obra de gran calidez humana, que aún describiéndola lo más básicamente posible, es sencillamente un entretenimiento inolvidable. Es, a pesar de todo, un relato que habla de los valores de siempre, pero a través de una nueva visión necesaria condimentada con nuevos elementos que se disfrutan incansablemente y sorpresas agradables que aportan al todo.

Los primeros veinte minutos son testamentos de la genialidad detrás de Frozen. Podría parecer que los directores Chris Buck y Jennifer Lee juegan las mejores cartas en un principio, con canciones de gran fuerza aún cuando tienen un mensaje de tristeza, ya que son varias que llegan en poco tiempo, y no hay un segundo de desperdicio en todas ellas. Es más, si esta película necesitaba algo más, probablemente sería más música hacia el tramo final, ya que el clímax pide a gritos un reprise de unas de las canciones iniciales, cuando la pequeña Anna intenta conseguir que Elsa salga a jugar.

La travesía de la hermana menor arranca cuando descubre la razón detrás de tanta intriga mientras crecía: Elsa es capaz de generar frío y hielo de las manos, y es un poder que estuvo creciendo fuera de su control. Ella se embarca en la misión de recuperar a su hermana que se escapa a las montañas sin saber el desastre que acaba de desatar, y pone a cargo del reino a su prometido Hans, que acaba de conocer y destila una caballerosidad inmediatamente sospechosa aunque con una fachada de aparente sinceridad. Es acá donde se desafían las tradiciones y la Anna prescinde de Hans para enfrentar al peligro ella misma, y el guion también escrito por Lee arremete contra una costumbre a la vez.

En el viaje conoce a Kristoff, que recorre los gélidos paisajes en compañía de su reno Sven, y cuando el ingenio de Anna consigue que se junten para localizar a Elsa, se les suma Olaf, un simpático muñeco de nieve que cobró vida gracias a sus poderes. Olaf es un personaje cuya única función es la de ser alivio cómico, o eso es lo que uno esperaría de semejante criatura que camina medio patizambo y tiene un aspecto demasiado caricaturesco como para tomarlo en serio, pero sin embargo, se reserva las líneas de humor más agudo y cierto sarcasmo que podría pasar desapercibido para los más chicos. Es indudablemente uno de los secundarios más memorables del cine de animación de los últimos años y ofrece momentos de interesante reflexión e inocente jovialidad que recuerdan al gran dúo de Timón y Pumba.

Por supuesto que de vez en cuando están las bromas que sirven solamente para los más pequeños de los espectadores, pero por lo general están acompañadas de situaciones difíciles de prever o secuencias de acción estupendas que, una vez más, dejan de lado lo típico de esta clase de películas. Lo maravilloso es que logran mantenerse fieles a sus propias ideas y en todo momento se trata de Anna y Elsa, guardando cualquier romance innecesario para el segundo plano, aunque a través de esto se atrevan a enseñar acerca del engaño y el peligro de la confianza desmesurada.

Temáticamente, Frozen es un triunfo, y siendo una película que básicamente funciona la mayor parte del tiempo alrededor de la música, es aún más grandiosa porque las canciones son variadas, contagiosas y emocionantes. Una secuencia en particular, cuando Elsa finalmente se libera del miedo en las montañas y comienza a construirse un castillo de hielo, es alucinante y posee una energía liberadora que se transmite a través de una ejecución brillante tanto en animación como en las letras de la canción. En cuestiones de voz, la versión en inglés de Idina Menzel es inigualable, pero lo bueno de Disney es que siempre fueron cuidadosos con sus doblajes latinos, así que si lo prefieren, es poco o nada lo que pueda perderse.

Como dije anteriormente, si algo faltó, es un poco más de música hacia el final, pero no es nada que afecte. El resultado sigue siendo una historia acerca del autocontrol y el amor de hermanas, y como es necesario revisar lo que aprendimos y recordamos de niños para que la madurez sea efectiva. Es Disney desafiándose a sí mismo, y solo por eso, ya es maravilloso.

Acerca de Emmanuel Báez 2279 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz, primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, columnista en @amilkmdelmar, hablando de películas en todos lados.

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