‘Fin de la Línea’, el género policial nunca fue tan insípido

Iban veinte minutos de la película cuando me pregunté qué exactamente había pasado en los primeros diez minutos. Recuerdo un plano de una mujer caminando hacia la cámara luego de haber visto un automóvil en llamas. Recuerdo una especie de reunión en una especie de bar entre unos hombres hablando acerca de algo relacionado a dinero y drogas. Luego la misma mujer acostada en una cama mirando al techo y haciendo algo. Recuerdo haber visto armas, alcohol y otros automóviles yendo de un lado a otro, pero mientras más lo pensaba, no podía acertar en describir exactamente qué había ocurrido durante los primeros diez minutos. Entonces decidí no volver a hacerme la misma pregunta por el resto de la película porque nada bueno podía salir de eso.

Fin de la Línea es la nueva película de Gustavo Delgado, cuyos estrenos anteriores incluyen El Reflejo y Libertad, sobre la cual me explayé lo suficiente acá el año pasado. Esta nueva propuesta tiene la siguiente sinopsis oficial: “Policías paraguayos se infiltran en una organización criminal que está aliada con un cartel colombiano que al Paraguay como país de tránsito. Roberto es el Jefe del tráfico de drogas en Asunción. La justicia intenta acusarlo de diferentes crímenes, entre ellos varios asesinatos. Descubre a dos agentes anti narcóticos encubiertos dentro de su organización”.

Al finalizar la película pensé en esta sinopsis y me percaté de cómo parece una sucesión de oraciones inconexas como parte de una clase de dictado de una escuela primaria, y así mismo la película no es más que una serie de escenarios vacíos puestos uno detrás de otro sin ninguna conexión narrativa sustancial. En total hay unas cinco o seis locaciones distintas en toda la obra, y los personajes van saltando entre estas, en lo que sería el concepto de elipsis según alguien que acaba de aprender el término en una clase de audiovisual. Así mismo, los protagonistas se la pasan escupiendo diálogos risibles de película policial genérica reducida a su forma más básica y me pregunto si en algún momento alguno de los actores involucrados se detuvo en medio de una escena a preguntarse lo mismo que yo: ¿qué acababa de ocurrir?

La película está encabezada por Lucía ValdezMarcelo Merlo como los dos policías encubiertos que ingresan a la organización de Roberto, interpretado por Sergio González, y es un trío tan inepto que hasta cuando intercambian miradas lo hacen de forma tan mecánica que no hay una pizca de personalidad en sus interpretaciones. Todo el elenco es totalmente prescindible, hasta los secundarios más simplones, como una prostituta interpretada por Andrea Urunaga, porque ya saben, en un thriller policial sobre tráfico de drogas, tiene que haber al menos una prostituta. Se salva Valdez, que tiene un porte llamativo y no está mal. Quizás podría ser rescatada en el futuro por alguien que sepa guiarla en su caracterización, ya que ciertamente parece ser la que está un poco más consciente del concepto de transformarse para un papel.

Técnicamente, la obra es simplemente desastrosa, y realmente no hay mejor adjetivo para describirla. Por momentos parece que Delgado está al tanto de la pobreza de su material y simplemente quiere acelerar la delgada historia que tiene entre manos, sin importar cualquier falla evidente ante ojos aficionados. El montaje es un esperpento y la música original de MNESIS y El Templo están bien, pero no pertenecen a la película, y son terribles intentos de parchear lo que es irreparable. En total, hay más tiempo de música estridente e irritante que diálogos, y el director se supera con un clímax en cámara lenta carente de cualquier fuerza dramática, acompañado una vez más de una musicalización verdaderamente incomprensible.

Esperaba que el único punto salvable de todo esto al menos fueran las escenas de acción, pero como el paquete completo, van y vienen sin sorprender en absoluto. Escasas y escuetas, además de horriblemente coreografiadas e igual de pobremente resueltas.

Fin de la Línea probablemente fue financiada por cervezas Miller y cigarrillos Palermo, cuyos logos aparecen en numerosas ocasiones en medio del plano y es lo que los protagonistas consumen en un yacht mientras posan ante cámaras como si estuvieran en medio de una sesión fotográfica para revista de moda. Quizás la película no fue más que un extenso comercial para ambas marcas. No le encuentro otra explicación a su existencia, y realmente no le dedicaría mayores reflexiones.

Acerca de Emmanuel Báez 2334 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz, primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, columnista en @amilkmdelmar, hablando de películas en todos lados.

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