‘El Hobbit: La Desolación de Smaug’, un poco más de aventura y emoción

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Peter Jackson corría serio peligro de terminar haciendo de la trilogía de El Hobbit lo mismo que George Lucas hizo con la trilogía precuela de Star Wars, pero de alguna manera logró zafarse a pesar de haber tomado la evidentemente mala decisión de alargar lo que inicialmente iban a ser solamente dos películas. Por supuesto, si son fanáticos acérrimos de Tolkien probablemente disfruten cada diálogo en élfico o cada guiño a El Señor de los Anillos o cada personaje secundario que les haga imaginar un poco más a la Tierra Media, sin importar que muchos de estos agregados sean tan innecesarios e insustanciales a la trama central.

La Desolación de Smaug es el segundo capítulo en esta nueva trilogía que arrancó con Un Viaje Inesperado, el cual terminó siendo un viaje dilatado con terribles intentos de humor y secuencias de batallas que desafiaron con atrevimiento la suspensión de la incredulidad de cualquier no conocedor de los libros de Tolkien, aunque hubieron muchos que se mostraron indiferentes a la película a pesar de conocer a fondo los materiales originales. Eso fue una clara señal de que la misma estaba sufriendo por culpa de un Peter Jackson oxidado y que no supo regresar en esencia a la Tierra Media que dio vida con magnificencia hace más de una década.

De entrada, esta segunda parte tiene el prólogo menos interesante de todos, si es que vamos a ordenar junto con la trilogía anterior por el motivo que fuere. Gandalf se reúne en el Pony Pisador con Thorin un año antes de la partida de Bilbo y la compañía, y es notorio que Jackson solo quiere hacernos pensar desde el principio en La Comunidad del Anillo con sus locaciones y sus planos, y si se encontraron diciendo en voz baja “exactamente ahí es donde estará sentado Aragorn”, el cumplió con su cometido. Solo eso, porque difícilmente digan algo parecido a “qué interesante introducción de personajes”. No lo es. Esto ocurre muchas veces durante la película. Es claro que Thorin debe hacernos pensar en Aragorn, aunque esta vez el interés amoroso con la elfa de turno queda relegado a Kili, otros de los enanos, en una especie de relación inverosímil que se pone confusa hacia el final.

Pero la travesía, afortunadamente, no solamente está cargada de referencias y guiños sino también posee una fuerza propia mejorada tras el lento arranque que fue la primera película. Esta vez, las batallas son más buenas, mejor coreografiadas y los enanos no son salvados continuamente por Gandalf, para variar, sino que al fin asumen su propio vigor y portan sus armas con vehemencia. Eso es cuando no están corriendo de un lado a otro intentando escapar de orcos y elfos, que acá realmente parecen una raza distinta, liderada por el prejuicio y las falencias de Thranduil. Así también, Bilbo al fin hace uso de su arma, al que luego termina llamando Dardo tras un encontronazo peligroso con las arañas en una secuencia bastante intensa donde el poder del Anillo Único comienza a afectarlo. Momentos como este prueban de nuevo que Martin Freeman fue una elección más que acertada para el papel, aunque para una película llamada El Hobbit, realmente no hay tanto hobbit que admirar sino hasta el acto final, cuando Smaug hace gala de su inmensidad y todo lo que tiene Bilbo son sus palabras y su astucia para salir con vida.

El problema sigue siendo que esta historia cuenta con demasiados personajes secundarios que terminan siendo el centro de todo, y el desesperado intento de Peter Jackson y su equipo en conectar estas películas con la trilogía de El Señor de los Anillos dejan en evidencia los problemas más feos de la secuela. Primero que nada, Ian McKellen parece haber llegado siempre tarde a las sesiones de maquillaje y puede ser un poco alienante notar como se ve mucho más viejo a pesar de que Gandalf tiene unos sesenta años menos que cuando marchó a la Guerra contra las fuerzas de Sauron, y el personaje en sí, por más que su investigación de las fuerzas oscuras del Enemigo sean interesantes, es un desperdicio de energía visual porque sabemos que el mismo sobrevive a todo lo que pueda llegarle a ocurrir. Tiene una estupenda secuencia donde despliega su poder, pero simplemente no hay riesgo y solo queda admirar los efectos especiales.

Cuando no estamos siguiendo esta subtrama inventada, estamos con la compañía de enanos, de los cuales nuevamente dudo que alguien recuerde con exactitud a todos a menos que sea un fanático de Tolkien. Aparte de Thorin, capaz recuerden a los hermanos Fili y Kili (el que tiene una especie de intercambio romántico con la elfa Tauriel, que nos debe hacer recordar a Arwen), el padre de Gimli, el más gordo, el más borracho, el más sabio, y así. Estaría mintiendo si los nombro a todos porque la verdad es que la película no ofrece tiempo suficiente para conocerlos, aunque es innegable que hay una gran mejoría con respecto a la primera película. Aún así, la mayoría sigue siendo intercambiable y la historia no sufriría en absoluto si eso pasara, a pesar de que al menos esta vez ya están todos en acción y algunos poseen ciertas características que los hacen únicos entre tantos personajes.

La adición atractiva es la de Bardo (Luke Evans), que provee el punto de vista humano para toda la odisea por reclamar Erebor. Él es interesante, así como su breve desarrollo y sus diálogos, aunque cuando nos acercamos a su ciudad natal, por donde la compañía debe pasar para seguir su camino, parece que saltamos a Disney en medio de una versión de Piratas del Caribe aún por estrenar. Por momentos parece un sketch inglés con gran presupuesto cuando aparece Stephen Fry en pantalla, pero por suerte no es algo que dure. Y en caso de que se hayan perdido, tiene un asistente que nos debe recordar a Grima Wormtongue de Las Dos Torres.

La pantalla se abarrota aún más cuando aparece Legolas (Orlando Bloom, tan madera como siempre) dando flechazos a todos lados, en su propio mundo carente de física. Jackson está enamoradísimo del avance de la tecnología de efectos especiales porque lo hace saltar de maneras acrobáticas tan absurdas que terminan siendo entretenidas por eso mismo, en una larga secuencia donde los hobbits escapan en barriles y sobre ellos hay una lucha campal entre elfos y orcos. Esta es la segunda secuencia más llamativa de la película, donde resalta un ridículo hobbit que comienza a eliminar orcos dentro del barril en el cual gira sin parar y termina usándolo como armadura quitando una destreza que jamás había mostrado hasta entonces.

Lo que más impresiona de esta continuación queda en el tercer acto, cuando aparece al fin el Dragón Smaug con imponente voz retocada de Benedict Cumberbatch, en un combate de ingenio que se alarga lo justo y necesario para apreciar su enormidad y hasta los más mínimos detalles de su diseño. Acá es donde entendemos el enamoramiento ciego del director por los efectos, porque es imposible que Smaug pudiera haber sido tan sobrecogedor si se hacía hace diez años, y solo provoca burla si nos hace recordar a otros dragones considerados grandes del cine, que ahora quedan bien atrás. Lástima que este gran encuentro entre ambos personajes se vuelve a interrumpir por lo menos interesante de la secuela, más orcos y más incomodidad entre una elfa enamorada de un enano.

De cualquier manera, La Desolación de Smaug es superior, y concluye con un cliffhanger estremecedor que sugiere un capítulo final que seguramente se vendrá con un montón de referencias a El Retorno del Rey. Solo espero que también se venga más enfocada en el hobbit titular y que los enanos -al menos algunos de ellos- realmente demuestren el brío de Gimli que sigue siendo bastante memorable.

Acerca de Emmanuel Báez 2384 Articles

Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz, primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, columnista en @amilkmdelmar, hablando de películas en todos lados.

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