‘La Invención de Hugo Cabret’, la invención de la magia

Martin Scorsese inicia Hugo con un plano secuencia hecho de forma completamente digital, recorriendo una estación de tren francesa ajetreada poco después de 1930. Más específicamente, se trata de la estación Gare Montparnasse, donde vive Hugo Cabret, un niño de 12 años que deambula entre las paredes de la estación, cumpliendo con la tarea de dar cuerda a los relojes, ocupación que le dejó su tío desaparecido, mientras recuerda con habilidad a su padre, un relojero que falleció en un accidente de trabajo.

Los primeros minutos de la película son casi mudos, con la banda sonora de un Howard Shore inspirado, mientras la cámara sigue casi sin esfuerzo a Hugo mientras corre de un punto de la estación a otro. Scorsese se ve sólido y en total control de las herramientas que posee; un segundo plano secuencia, aún más elaborado, es testimonio de ello, y Scorsese introduce al personaje que moverá la historia a continuación. Nos alejamos de nuevo de la estación, y la magia que llamamos cine ya está en marcha.

Scorsese es un ávido defensor de la preservación de las películas clásicas; Hugo es probablemente uno de sus trabajos más personales, una declaración totalmente parcial sobre lo que el amor al cine se trata y por qué es tan importante preservar las épocas doradas, olvidadas por las nuevas generaciones. Pero el hecho de que sea una declaración de intención bastante parcial no la hace menos válida. Sobre el discurso hay una historia, y sobre la historia está el amor más sincero, con el cual es simplemente inevitable simpatizar, convirtiendo su declaración en la declaración de amor de todo espectador que tenga un mínimo de respeto hacia lo que es este arte, “la invención de los sueños”.

La película está divida en dos partes, de la cuales todos estarán de acuerdo que la segunda es la más emotiva y memorable. Pero la primera hora es también importante, ya que vemos a nuestro pequeño héroe (interpretado por Asa Butterfield) sobrevivir en este mundo repleto de gente indiferente, que es capaz de pasar al lado de uno como si no existiera. Hugo se entretiene espiando a una pareja de adultos que intenta formalizar cómicamente una relación, así también espía al Oficial de la Estación (Sacha Baron Cohen) del cual escapa constantemente, y a un viejo dueño de una tienda de juguetes en la estación (Ben Kingsley). Scorsese nos dice, de la forma más inocente posible, que hay una historia que contar en todos lados, sólo basta con observar.

Hay un misterio, por supuesto, uno que involucra a Hugo, a su padre (Jude Law), que es recordado vía flashbacks, y a un robot autómata que guarda un mensaje. En el camino, Hugo conoce a Isabelle (Chloe Moretz), una niña enamorada de los libros, que vive buscando una aventura que no esté en las páginas que lee, mientras confunde graciosamente a Hugo usando palabras recién aprendidas. Hugo le habla del cine, recordando las veces que su papá le llevaba a ver una película, pero Isabelle nunca fue al cine, así que él la lleva a hurtadillas. Los dos jóvenes actores están acertadísimos en sus expresiones, mientras disfrutan de la proyección de Monte là-dessus!, un film bastante referenciado en la historia del cine, especialmente Isabelle, a quien lo ojos le brillan de la emoción.

De ahí el interés de ambos por saber más acerca del cine les lleva a hacer un descubrimiento importante, también con la ayuda del robot autómata, que solamente inicia para ellos una gran aventura para resolver un misterio casi olvidado.

Así empieza la segunda hora de Hugo, que podría decirse es una mezcla de ficción y documental sobre la vida de Georges Méliès, y cualquier fanático del cine estará delirando con la forma en la que es contada su vida, ya sean los detalles reales o los inventados. La historia del inventor de los efectos especiales y del cine de ciencia ficción es contada maravillosamente, mientras Howard Shore se encarga de poner la nota final a cada mágica recreación de las primeras películas de Méliès, y mientras Ben Kingsley lo interpreta con notable respeto.

Es acá donde el amor de Scorsese se hace mucho más obvio, así como su enorme deseo de inmortalizar la vida de Méliès de alguna forma, algo que se hace bastante claro por el hecho de que él mismo hace del fotógrafo que toma la foto de Méliès y su esposa. Una forma de decir “quiero ser yo quien haga que todos vuelvan a recordar a Méliès”. Y logra, como mínimo, provocar un apetito casi infantil por conocerlo más, y a sus obras.

Acerca de Emmanuel Báez 2264 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz, primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, columnista en @amilkmdelmar, hablando de películas en todos lados.

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