‘Aladdín’, cuando el amor y la magia convergen en las noches de Arabia

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“De Arabia soy, noche y día por igual. Intenso calor, no he visto algo peor, todo puede pasar. En noches así, bajo la luna fiel, muy listo hay que ser, para no caer, en el desierto cruel.”
Fragmento del tema Noches de Arabia

En los últimos años, al Medio Oriente se le ha manchado con una imagen de tierra de nadie, donde todo es violencia, dictaduras, religión y más violencia. Son muy pocos los que se animan a ir a vacacionar allá. Quizá por la mala propaganda de Estados Unidos en el cine o por lo que vemos en los noticieros, pero lo cierto es que con todo y las guerrillas que allá se luchan, hubo un tiempo en que el Medio Oriente era una tierra exótica y llena de magia.

Por fortuna, en los años 90 se explotó bastante esta imagen de la Arabia mágica y tierra de sultanes, de genios y de lámparas mágicas. Thomas Ian Nicholas (American Pie) incluso protagonizó una película llamada A Kid In Aladdin’s Palace (Robert L. Levy, 1998), donde este chico del futuro se encontraba la antigua lámpara maravillosa y viajaba al pasado en los tiempos de la exótica Arabia. Los Looney Tunes incluso llegaron a tener varias aventuras por ese lado del orbe. Entonces, teniendo una infancia donde Arabia era un lugar para llenarse los bolsillos y turbantes de riqueza, lo ideal, lo obvio, es rescatar a la película que quizá sea el estándar para referirse a esa región del planeta: Aladdín.

La historia muchos la conocemos: nuestro protagonista es un vagabundo de las calles de Arabia que roba para comer, y como todos, tiene sueños que desearía ver cumplidos. Un día en una situación algo apretada, conoce a Jazmín, hermosa chica con esos característicos ojos árabes, y que a primera vista, pareciera pertenecer también a las calles de Arabia. Pronto Aladdín se entera que en realidad es la hija del Sultán, y que su mayor deseo es tomar sus propias decisiones, ser libre, ir más allá de los lujos del palacio. Al saber lo anterior, Aladdín sabe que haría lo que fuera con tal de impresionarla y cortejarla, pero debe darse prisa, pues Jafar tiene intenciones de robarse a la princesa. Es ahí, donde entra nuestro adorable y entrañable Genio de la lámpara.

¿Por qué sacar esta película de El Baúl?

Aladdín es una de esas cintas que en sí no ha sido olvidada por completo, sino es un recuerdo que no llega fácilmente a la nostalgia. Es de esas películas de las que sólo nos acordamos cuando vemos a alguno de los personajes, o escuchamos algún tema del excelso soundtrack de Alan Menken (soundtrack ganador del Oscar, por cierto). Si algo me encanta de rescatar esta película (y de sus dignas secuelas directo a video), es que quizá es de las obras más dramáticas de Disney, una tendencia que en esos años el estudio seguía y cuyo mejor golpe lo daría dos años después con El Rey León. Menciono esto porque Aladdín nos muestra los dos lados de la moneda: la pobreza, que si bien no es extrema, obliga a nuestro héroe a robar para comer. Tan sencillo como eso.

No encaja en la sociedad, anhela una familia (es huérfano) y su mejor amigo es un mono (nuestro adorable Abú). Mejor retrato de soledad no pudieron haber hecho. Por el otro lado tenemos a la princesa, quien se cansa de las riquezas, de los lujos, de tenerlo todo al momento en que lo desee. Es alguien que tiene miedo a perder el sentido de vivir, pero sobre todo el de amar, dado que el Sultán arregla su muy joven matrimonio con Jafar (Disney la presenta aquí como una jovencita de 17 años). Lo más natural es que escape de su palacio buscando tener en verdad, una vida.

Pero entre la pobreza y la riqueza, se interpone nuestro queridísimo y carismático Genio, quien con todo y que nos da un buen banquete de festivales, risas y demás, nos da una buena lección sobre lo que es desear la verdadera felicidad, y que a veces esta se nubla por abundancia, o libertinaje. Para él, la felicidad se encuentra en la libertad y libre albedrío, tomar sus propias decisiones. Lo demás viene solo. Todo lo anterior acompañado del genial repertorio musical del Sr. Menken nos hace transportarnos a esa Arabia de la que hablaba al inicio de la columna. Olvidarnos de que actualmente es una tierra de mucha violencia (aunque, irónicamente, la letra de Noches de Arabia recalca este detalle) y dejarnos llevar por todas las posibilidades que pueden ocurrir: enamorarnos de una princesa, con nuestro mono como aliado, montando una alfombra mágica, y con un Genio de bolsillo para facilitarnos un poquito las cosas.

Los dejo pues precisamente con nuestro amigo azul, cantando su amistad, agradecimiento y fidelidad a Aladdín, quien después de 10,000 años de sueño profundo y una tortícolis, le ha liberado de la Lámpara Maravillosa. Disfruten.

Acerca de Ricardo Trejo 95 Articles
Dicen por ahí que me parezco a Doug Narinas. David Fincher es mi pastor, nada me faltará. Amante del formato IMAX. A veces hago podcasts con mis amigos. Me encuentran en Twitter y Letterboxd como @id0ug.

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