‘The Post’, pasión por la justicia y la verdad

La palabra “pasión” es el término que usaré para describir The Post y a Steven Spielberg trabajando en este proyecto, que es uno de los más importantes de los últimos años por los paralelismos entre su historia -el caso real del reportaje del Washington Post sobre las mentiras del gobierno acerca de la Guerra de Vietnam- y el ambiente periodístico y político en suelo norteamericano en pleno 2018. Lo compararía inclusive con el escenario periodístico local por su acercamiento al delicado tema de la relación entre los medios de prensa y los políticos, salvando tal vez las diferencias en materia de infraestructura y despliegue en recursos humanos, aunque quizás esté pecando de ignorante en el tema, que de cualquier manera me fascina sobremanera. Si bien el año es 1971 y el ambiente de trabajo probablemente sea muy diferente al actual, hay algo que permanece y que sigue siendo requisito indispensable para la labor: la pasión. Pasión por el trabajo, pasión por la libertad de prensa, pasión por la verdad. Spielberg logra retratar ese espíritu con una obra indispensable del cine político contemporáneo.

El guion de Liz Hannah -en su primer trabajo como guionista- y Josh Singer, que ya demostró interés en el mundo periodístico al co-escribir Spotlight (también una de las películas más relevantes de los últimos años), representa con inteligencia y profundo respeto a la materia, un suceso importante en la historia del periodismo norteamericano. Spielbeg le inyecta un ritmo estupendo que hace que la trama fluya con elegancia, consiguiendo también que sea bastante entretenida, que no es una palabra que normalmente usaría para describir un cine de esta índole. Sin embargo, se puede sentir que todos los involucrados, especialmente Meryl Streep en una interpretación fantástica y sentida, están completamente comprometidos y desempeñan sus papeles con gran pasión. El veterano director apuró la producción para que estuviera listo lo antes posible, aprovechando el clima político para hacer también un comentario al respecto y aportar lo suyo a un tema que está probablemente en su estado más delicado en varias décadas. Apenas al terminar de filmar Ready Player One, su gran regreso a las mega producciones, volcó su energía en este proyecto que lo terminó en poco más de medio año. Si eso no es pasión, entonces no sé qué es.

La película presenta los días en que el Post no era más que un periódico pequeño de alcance local, y consiguió hacerse con los Documentos del Pentágono que revelaban el fracaso de varias administraciones para avanzar con la Guerra en Vietnam. En ese mismo momento, el gobierno logró prohibir a The New York Times de publicar más reportajes al respecto, lo que puso a Katharine Graham, la única dueña del Post, en una posición muy conflictiva: la de publicar o no los documentos clasificados que acababan de recibir en la misma semana en que tenía que enfrentarse a un comité colmado por hombres que desconfiaban de su capacidad y la salida de la empresa a la Bolsa de Valores. La libertad de prensa estaba en juego mientras Nixon apretaba cada vez más para no enfrentar la debacle, y si el Post no publicaba, tal vez la historia hubiera sido muy diferente. Por un lado está el perfil idealista del editor Ben Bradlee -interpretado por el siempre genial Tom Hanks– y toda la operación de su equipo periodístico que básicamente entregó uno de los reportajes más controvertidos de la época en un increíble deadline de ocho horas. Esa es la parte entretenida de la película, al menos para quien se encanta fácilmente con ver cómo se mueven los engranajes del mundo informativo.

En el otro lado está la relación de Graham y Robert McNamara (por el acertado Bruce Greenwood), él entonces Secretario de Defensa, que había sido su amigo durante muchos años, lo que la ponía en una situación muy delicada de tener que digerir y aceptar que una persona que admiraba profundamente había mentido al público en numerosas ocasiones, siendo así también uno de los responsables de que miles de jóvenes estuvieran muriendo en vano en tierras lejanas. Pone a discusión así la película la influencia política en los medios de prensa, algo que es real en 1971 y sigue siendo real en 2018, y cómo los intereses pueden cambiar dependiendo de las amistades y las conexiones. Claro que la película toma una posición idealista que posiblemente no se ajusta tanto a la realidad, pero es un rayo de esperanza en medio de tanta corrupción, y la dirección de Spielberg, que no pierde una pizca de virtuosismo a pesar de la edad, nos adentra en este interesantísimo mundo demostrando que sigue teniendo las riendas de cada producción sin el más mínimo atisbo de aburrimiento.

Junto a la direción de fotografía de su colaborador regular Janusz Kaminski y la banda sonora de John Williams (de quien pensaba estaba perdiendo su forma en los últimos años pero ahora siento que se está recuperando), The Post es un vistazo magistral a una labor muchas veces desconocida, y transmite a la perfección lo que es la pasión en el trabajo. Hay una escena en particular donde Bradlee siente nuevamente que tiene posibilidad de conseguir un reportaje que ponga al periódico en el radar, entregando al público algo de información con respecto a los eventos que se están desencadenando. Luego de asignar la tarea a uno de los empleados, se torna hacia su asistente y le expresa “Dios mío, la diversión!”, en uno de los momentos más sinceros y contagiosos de toda la película. Definitivamente, Spielberg hace que la historia sea no solamente muy interesante sino también muy entretenida.

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Acerca de Emmanuel Báez 2460 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz, primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, columnista en @amilkmdelmar, hablando de películas en todos lados.

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