‘Wakolda’, la mutua fascinación entre una niña y el Ángel de la Muerte

Es lindo ver como un artista crece. Notar como su manera de relatarnos historias cada vez cobra mayor capacidad de acierto, convirtiendo su cámara poco a poco en un esbelto narrador que logra observar las cosas de manera más profunda e intensa, manteniendo su estilo de narrativa audiovisual. Más aun, cuando se trata de alguien que gusta de contarnos historias controversiales, cuya voz acostumbra hacerse oír respecto a temas tabúes, como ya lo hizo previamente en el 2004 con su aclamado filme XXY.

Lucía Puenzo esta vez, 9 años después del estreno de su ópera prima (con El niño pez, como segundo filme), nos trae un tercer largometraje lleno de sorpresa tanto argumental como estilística. Wakolda es un filme que promueve el debate, la reflexión histórica, y abre un camino de expectación global por tratarse de un tema universal, con uno de los personajes históricos más temidos y reconocidos en todo el mundo, Josef Mengele, el Ángel de la Muerte. Es de público conocimiento que este médico, uno de los más atroces nazis, quien experimentó con todo tipo de ser humano (desde niños hasta embarazadas), se radicó en Argentina y en Paraguay llevando una vida de anonimato (¿o encubrimiento político quizás?) en la que intentó sobrellevar su supervivencia de la mejor manera posible. Claro está que jamás dejó su afición por manipular la salud de los seres humanos.

En Wakolda, este personaje se muestra como un huésped en la Casona de la familia de la pequeña protagonista de nombre Lilith. Entre estos dos personajes se crea una conexión extraña que el espectador luchará por comprender. Mutua fascinación quizás. Las tensiones ocurridas en la familia de Lilith a causa de la intromisión de este hombre (su identidad es desconocida por ellos) crearán una sensación de constante tensión y ansiedad. Natalia Oreiro interpreta a la madre de Lilith y es adecuado destacar que hoy en día, esta mujer que comenzó como una adolescente de telenovelas, es una consumada actriz. Su madurez brilla y cautiva, es auténtica, creíble. Junto a la interpretación de Alex Brendemühl (quien hace de Menguele) se puede lograr la atmósfera propicia para que uno mantenga los ojos clavados a la pantalla grande.

Visualmente este largometraje es también el más logrado de Puenzo. Tomas panorámicas bellísimas, un trabajo impecable de arte y fotografía que elaboran desde lo visual una historia que se entrelaza con la que nos relata el guión. Hay tanta historia en las imágenes como en los diálogos. La banda sonora, acorde al estilo del filme, maneja melodías clásicas in crescendo en momentos claves en los que la trama nos somete a la intriga.

Una nueva entrega de una directora que siempre respeté, que me parece inclusive una de las más grandes exponentes del cine argentino actual. Es muy recomendable ver este trabajo no sólo como una película para entretenerse, sino un espacio para reflexionar respecto a nuestra historia como países “guarida” de muchos de los más importantes exponentes de nazismo. Debemos ser conscientes de que a pesar de que los años pasen, la historia está ahí para ser vista y revisada, para convocar a la consciencia colectiva.

Les acerco entonces este aporte importante, una película recién estrenada que amerita tomarse el tiempo de verla y admirarla. ¡Un aplauso para una buena historia, un buen elenco, buen arte y para Lucía, cuyo lente cada vez pueden ver más y mejor!

Acerca de Bruno A. Comas 31 Articles
Estudio Artes Audiovisuales en la UNA (BsAs), investigo el video y la performance a través de Vena Rota. Escribo guiones, cuentos y textos inclasificables.

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