‘Breaking the Waves’, donde abunda el amor, abunda el dolor

Lars Von Trier se consagra en 1996 con Breaking the Waves, o Rompiendo las Olas como se conoce en español. Una película que muy a su estilo, se divide en siete capítulos y un epílogo, mostrándonos de a poco una de las historias más impactantes y sofocantes de su filmografía.

Breaking the Waves nos cuenta la historia de Bess (Emily Watson), una joven devota que proviene de una comunidad cerrada de Escocia estrictamente religiosa en la que las exigencias morales son las que marcan la vida de la gente. La iglesia rige todo el comportamiento del pueblo y Bess también mantiene una estrecha relación con el Dios que le inculcaron.

La historia comienza con su boda. Ella y un hombre “de afuera”. El nombre de su futuro marido es Jan (Stellan Skarsgard) y desde el inicio ya podemos percibir el tenor del filme: Bess ama por sobre manera, por encima de todo y todos, y ese amor obsesivo se apodera de ella desde antes de la boda. Su amor que de tan abundante y extremista ya pasa a ser enfermizo es el tema principal de esta película.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por amor? ¿Qué somos capaces de pedir a Dios por tener cerca de nosotros a esa persona querida? ¿Qué llegaríamos a sacrificar por que la otra persona, a quien amamos tanto, esté contenta, feliz o al menos sobreviva? Estas son preguntas que Lars Von Trier nos hace tácitamente con este filme que de tan poderoso y desgarrador, nos impresiona y deja suspendidos, como después de presenciar un accidente o de ver a un conocido que ayer caminaba tranquilamente y hoy está muerto, postrado en un ataúd.

Luego de la boda de Bess y Jan, ella empieza a descubrir el sexo. La curiosidad y el deseo de una virgen como ella se mezclan con la experiencia y desinhibición de su marido, quien la conduce por un camino de placer y exploración en el que ella encontrará aún más profunda su dependencia. Pero la vida continuó, Jan debe ir a un trabajo y alejarse por un buen tiempo de su mujer, lo que dure el viaje. Ella, en su completa desesperación conversa con Dios, un Dios caprichoso y tirano que ella tiene dentro, una concepción tóxica de la divinidad, ruin, que es producto de la imagen que recibió de sus allegados religiosos.

Ella pide a ese Dios que haga a su marido volver, y él vuelve, pero luego de un accidente. Postrado e incapaz de moverse, comienza con su esposa una curiosa lucha por su vida que hará a Bess degenerar todo principio y toda dignidad en búsqueda de mantener a su amado con vida. Y aquí, en la mitad de la película, es cuando todo se vuelve más grotesco, más intenso y en cierto sentido, doloroso.

Alguna vez escuché de otra película de Lars Von Trier una crítica que se refería a sus filmes como “pornografía emocional”. Ésta, sin duda, es la precursora de tantas otras películas donde sus musas sufren, son mujeres dolientes, y nos llevan de la mano por un camino de entrega, sacrificio, plagado de buenas intenciones pero malos métodos y funestos finales.

A ver, si es tan chocante esta película, ¿por qué verla? Pues mi respuesta es sencilla: además de sus bellas tomas, buen soundtrack, e innovador estilo cinematográfico, existe un mensaje, existe una lección. Lars Von Trier quizás no sepa como presentárnoslo de una forma sutil como un perfume fino o un vino añejo, sino nos lo espeta como un balde de agua fría en nuestros rostros, buscando que nos evaluemos, que veamos dentro de nosotros mismos y que concluyamos hasta dónde, hasta qué punto, amar demasiado es saludable.

Acerca de Bruno A. Comas 31 Articles
Estudio Artes Audiovisuales en la UNA (BsAs), investigo el video y la performance a través de Vena Rota. Escribo guiones, cuentos y textos inclasificables.

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