‘Alien’, el miedo más profundo

Se hace un poco difícil hablar de Alien sin mencionar sus obvias influencias, siendo las más importantes 2001: Odisea el Espacio y Star Wars. Principalmente, la primera deja acá su opresivo diseño de producción, con sus pasillos estrechos y asfixiantes, y la segunda, con el diseño de la tecnología, desde las armas hasta las mismas naves. Pero Ridley Scott transforma sus influencias y las moldea cual artesano, conjugando con el diseño de producción, un guion muy bien estructurado, y engendra una obra maestra del terror que no envejece en absoluto por tener como tema principal uno perenne: el miedo a lo desconocido, el miedo más profundo.

Es la espina dorsal de esta historia, y muchas otras anteriores y posteriores, pero aquí acentuada por un trabajo conjunto sublime que no da respiro. Así lo vaticinan las primeras imágenes, unos minutos en donde solamente recorremos el Nostromo, la gran nave remolcadora en la que van siete pasajeros-ocho si contamos al gato, tan importante para la trama como los mismos pasillos- cuyos destinos estarán marcados por una aparente llamada de auxilio. No hay más que silencio al principio, acompañado este por una banda sonora sencilla, mas no simple, que ayuda a la intrigante atmósfera mientras somos testigos y víctimas del horror que se cierne sobre los protagonistas.

Y víctimas porque, mientras se va preparando la atmósfera de una manera lenta pero consistente, es inevitable ser parte de lo que ocurre, porque espectadores o protagonistas, en todo momento se intenta huir sin rumbo de un miedo sin forma ni sentido. Los tripulantes sufren intentando sobrevivir, y nosotros sufrimos queriendo que todo acabe. Es el masoquismo propio del ser humano lo que nos hace disfrutar una batalla tan desigual contra un ser sin más propósito que su propia supervivencia, y en el camino nos enfrentamos al miedo mismo de una forma única y aterradora, lo que convierte a esta película en uno de esos paseos de parque de diversiones donde recorremos un largo túnel repleto de horrores que no querríamos encontrar jamás realmente: el espacio, el vacío, los gritos desesperados que nunca son escuchados, la certeza de la muerte, y por último pero no menos importante, un mal sin rostro humano.

Pero no vale apurarse, ya que la génesis del mal es tan agobiante como los momentos de terror que le siguen. La tripulación debe hacer una parada en una planeta extraño para acudir a una señal rara, de la cual saben poco o nada. De acuerdo a algún reglamento apenas mencionado, la parada es obligatoria, ya que de otra manera podrían no recibir pago alguno por el trabajo ya realizado. En primera instancia, esto no tiene mucho sentido, pero se descubrirá más adelante que los tripulantes no son más que peones en un término mucho más sombrío de lo que se imaginan. Comienzan a implantarse preguntas en las cabezas de los protagonistas, así como del espectador, varias de las cuales son respondidas implícitamente.

La única vez que están fuera de la nave es cuando aterrizan -no sin generar algunos problemas técnicos- en este planeta y comienzan a investigar la señal. Entre mucho ruido y buen desarrollo de personajes, aparecen una nave de origen desconocido y una gran criatura fosilizada con forma humanoide -luego conocido como Space Jockey-, además de lo que parecen ser huevos en un gran campo, esperando el momento para eclosionar. Los elementos presentes son un tanto muy convenientes (la nave con problemas técnicos, uno de los tripulantes revisando el área sin compañía) pero aún así la secuencia es efectiva y da comienzo a la angustia mayor.

En la construcción de una historia sofocante como esta hay pocos pilares, por lo que cada uno necesita más fuerza de lo normal. El guion es bastante sólido, quizás con algún que otro detalle a cuestionar -mayormente hacia el final-, pero dentro de todo congruente, construyendo con un crescendo casi perfecto un clímax -o mejor dicho, dos- más que satisfactorio.

Por otro lado, el grupo de actores es más acertado, primeramente liderados por un Tom Skerritt siempre justo, y luego pasando la posta a la más adecuada, una Sigourney Weaver en uno de sus primeros papeles más importantes, en todo momento siendo creíble hasta en sus gestos más sutiles. Acompañan Veronica Cartwright, probablemente una de las actrices que más sabe sollozar en pantalla,John Hurt -y la ironía de Scott al despertar primero a su personaje-, y Harry Dean Stanton y Yaphet Kotto, un dúo que más que nada nos sugiere que el futuro laboral no está exento de problemas contractuales. Resalta Ian Holm, un actor que logra interpretar a su personaje tan impersonalmente como le es requerido, frío y distante, pero con una evidente aura de misterio que supone una brillante revelación para el desarrollo de la historia, tan imprevista como sorprendente.

Y así, nos adentramos en el horror de verlos caer uno a uno, mientras nos preguntamos qué es de la criatura, por dónde está, y qué forma tiene, ya que poco antes es revelado que este está evolucionando, cambiando de piel como una serpiente. Es un enigma que funciona en favor del progreso de los eventos, ya que mantiene al espectador con esa pregunta hasta los momentos finales, lo que hace que uno esté más atento a los detalles que de cualquier otra forma.

Es justamente este detalle un desacierto en la cinta, ya que Scott decide mostrar  al alien casi completamente en los últimos instantes, dándole una forma real, visible y tangible. El miedo invisible pasa a ser uno con cuerpo, y por tal razón reduce el poder de la propia imaginación en crearse una entidad que bien podría tener una forma arácnida como lo fue al principio, o una más humanoide como el que encontraron en el planeta.

Sin embargo, esto no reduce para nada la realidad, y es que el horror sigue siendo mayúsculo. Si bien el mal ya posee una mortalidad consustancial, su fuerza sigue siendo producto de una naturaleza impetuosa que más que nada busca existir por sobre todas las cosas. Un organismo de vida perfecto, como dice el personaje de Ian Holm, generando un terror inimaginable. El telón cae con la vaga esperanza de que la única superviviente de esta macabra odisea espacial encuentre un final agradable, aunque así como la propia naturaleza de la criatura, la misma historia presenta demasiado desánimo como para esperar algo bueno. Ya habrá luego que regresar para enfrentar el mal una vez más.

Acerca de Emmanuel Báez 2310 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz, primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, columnista en @amilkmdelmar, hablando de películas en todos lados.

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